Luis Juberías
En la inauguración de la
Universidad de verano de Podemos, Íñigo Errejón expuso varias ideas que vienen circulando últimamente en el
debate posterior al 26J sobre los retos políticos de futuro. Habló de la
necesidad de un partido dirigente que se prepare para gobernar con los mejores,
capaz de no dar miedo a la vecina - a las clases medias que tienen algo más que
perder que sus cadenas- ante una incipiente normalidad política e
institucional. Todo esto podría resumirse en una idea: vamos a heredar este país
y tenemos que prepararnos para ese momento.
Huelga decir que los últimos acontecimientos, con un PSOE
abierto en canal, una voluntad de autodeterminación en Catalunya que se renueva
periódicamente mediante movilizaciones masivas y actos institucionales de
desafío, y un PP podrido de corrupción que se enfrenta al juicio Gürtel, no
dibujan precisamente un horizonte de estabilidad. Más bien, evidencian la
profundidad de la crisis de régimen, que es de calado y que no se va a resolver
con apaños superficiales. Y la levadura de este proceso destituyente, la crisis
económica, lejos de haberse acabado, prepara su tercer asalto de recortes a partir del nuevo ciclo de ajustes ordenados
por Bruselas. Con ello, la subsecuente situación de emergencia social seguirá
in crescendo. Es importante una
comprensión cabal de lo que esto significa. Y es que jugar entre las ruinas
comporta el riesgo de que se te acaben desplomando encima. Y eso es lo que, al
fin y al cabo, hemos estado haciendo durante este año 2016, desde que irrumpimos en las
instituciones.
Dirección moral y
hegemonía
Incidía Errejón en
que ejercemos ya la dirección moral y cultural de este país, y que es por eso,
por lo que lo heredaremos. Es cierto que la única sustancia moral en la
política de esta país la aportamos desde el
mundo del nuevo municipalismo, de PODEMOS y las confluencias. De hecho, es la
sustancia moral que aportamos con nuestra participación la que ha insuflado
nueva vida a unos circuitos mediáticos e institucionales completamente desacreditados
tras la irrupción del 15M. Se da así la paradoja de que las fuerzas
impugnatorias del viejo régimen son las
que contribuyen a su regeneración. Los viejos partidos se vieron obligados a
acelerar relevos generacionales, cambio de estilos y de formas de
funcionamiento ante el empuje de Podemos. Incluso tuvieron que improvisar un
“Podemos de derechas” para intentar cerrarnos el paso.
Pero, a la postre, solo la bunkerización del régimen parece capaz de
garantizar la gobernabilidad y la exclusión de Podemos, a riesgo de
convertirnos en el único referente de oposición.
En las instituciones por fin
tienen “voz” los que antes solo tenían la vía de la “salida”, de la protesta.
No es poco lo conseguido en esta loca carrera por acceder a las instituciones dando
a la corriente de fondo del 15M una expresión política, pero no son menos los
peligros ni los correlativos debates que suscita. Es, a mi modo de ver, imprescindible no olvidar nunca que esta
sustancia moral está hecha de la dignidad de los de abajo frente a unas élites
que secuestran la democracia
y nos niegan los derechos sobre los que se cimentaba el pacto que de convivencia. No es, por cierto, la
solidaridad con los de abajo de una joven intelligentsia
de clase media preparada y amable, como
señala Villacañas. No es la meritocracia de los mejores frente a la mediocridad
de las élites, ni el impulso de los jóvenes frente a la decrepitud de los
viejos lo que configura el centro de esa sustancia moral. Es por ello, por lo
que el régimen es incapaz de asimilarnos, pues no cuestionamos solamente sus
formas, sino su propia esencia.
Cualquier proyecto político que aspire a ser hegemónico
debe construirse sobre la transversalidad social, lo que no quiere decir que
esa transversalidad niegue las diferencias de los grupos sociales que
atraviesa. Una propuesta hegemónica es la que presenta con éxito el proyecto y
los intereses de un grupo social como los intereses generales de todo el pueblo
a través de un ejercicio de articulación. La cuestión siempre es, por tanto,
qué grupos sociales nuclean -y pueden nuclear- la transversalidad y la
construcción de pueblo. Ese es, a fin de
cuentas, el debate que tenemos encima de
la mesa.
Ganar un país para
su gente
El periodo 2010-2013 fue un periodo en que fue evidente y
espontánea una polarización social entre una élites que optaban por gestionar
la crisis en favor de la oligarquía financiera y una mayoría que veía cómo las
instituciones eran secuestradas por una minoría que minaba las bases del pacto
de convivencia y de las reglas democráticas. El 15M fue su manifestación más
espectacular y Podemos fue capaz de darle salida política expresando esa
polarización mediante la dicotomía gente/casta. Que queríamos ganar el país
para la gente, solíamos decir.
Mientras, el ecosistema social de esa unidad por oposición
frente a las élites había variado. Los recortes cesaron, el tapón generacional
saltó, las incertidumbres financieras en torno al sistema bancario y la moneda
amainaron, la crisis pareció tocar fondo y la coyuntura económica varió
temporalmente. Una nueva normalidad se dibujó para todos: la normalidad de la
precariedad en la vida, en el empleo y los servicios públicos para unos, y la
de la estabilización para otros. La oposición gente-élites quedó matizada por las
diferentes normalidades para salvados y hundidos durante la crisis. La clase media -caracterizada por su
inclusión en el régimen mediante un conjunto de beneficios y expectativas- ya
no estaba en modo pánico y, si bien mermada, se recomponía, volviendo a dar
cierta apariencia de estabilidad al régimen. El ciclo electoral giró en buena
medida en torno a la disputa política por ese segmento nada despreciable
numéricamente y central cultural y políticamente, alimentando una fantasía de
normalización social y política, mientras los problemas de base de la crisis de
régimen seguían irresueltos.
Y es que la realidad cotidiana para la mayoría sigue
siendo de precariedad en lo material y desafección en lo político. Ese espacio
de ruptura en lo social que está en la base de Podemos sigue existiendo y
siendo central en nuestra sociedad. Y exige una práctica política de impugnación y de empoderamiento
popular y ciudadano en defensa de la democracia y los derechos humanos que siga
confrontando con un régimen que, en un entorno de crisis multidimensional del
capitalismo financiero y sometido a la política austeritaria de gestión de la
UE, se va a ver abocado a seguir socavando sus propias bases. Eso fue lo que
animó todo este proyecto político, lo que le da la fuerza moral que atesora y
la perspectiva de futuro que puede ofrecer. Solíamos resumir esta idea en la
aspiración de ganar “un País para su gente”, un proyecto que solo puede avanzar
desde abajo y desde afuera, y que no es
lo mismo que prepararse para heredarlo, jugando entre las ruinas.
Publicado en Público el 9/11/2016:
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada