23.10.16

No habrá paz para los enemigos del régimen: O de la necesidad de “volver a las calles”


L
aura Arroyo, Luis Juberías, Beto Vázquez y Pedro Antonio Honrubia Hurtado

Madrid. Semana II D.G.C. (Después de la gran coalición). Las tropas del régimen, al unísono, desatan una durísima ofensiva contra el Secretario General de PODEMOS y actual líder de la oposición Pablo Iglesias. La excusa: una protesta de estudiantes en contra de Felipe González y Cebrián en la Universidad Autónoma de Madrid y un “motín” en el CIE de Aluche en defensa de los Derechos Humanos de unos…digamos, molestos migrantes (que nada menos han osado luchar por su libertad). El objetivo real: dejar claro a Pablo Iglesias y a Podemos que no tendrán paz un solo día hasta que sean derrotados y su “partido” reducido a cenizas y/o asimilado por el “nuevo orden”, así como que todos los batallones del régimen -mediáticos, políticos, jurídicos y policiales - , se encuentran movilizados para darle caza a su cabeza.

La situación, por supuesto, dista mucho de ser una situación de “empate catastrófico”. Rendido y entregado el PSOE a los intereses del PP, de Felipe González, del IBEX 35 y de Cebrián, con un “hombre de régimen” asturiano provisionalmente  a la cabeza de la organización y una “Comandante/Baronesa” andaluza en la sombra de las operaciones (presta y dispuesta para asumir próximamente su papel como “alternativa” a Rajoy en el nuevo marco del “turnismo por abstención” que el régimen trata de consensuar, por vía de los hechos consumados, como nueva fórmula política para garantizar que nada cambie), ha llegado el momento de aniquilar cualquier posibilidad de alternativa. La situación de “guerra asimétrica”, en la que desde siempre estuvo inmerso PODEMOS frente a los partidarios y representantes del régimen, pasa a una nueva etapa en la que la guerra “preventiva” de ayer (válida mientras duró el ciclo electoral) deja abierto el camino a la “guerra total” de la actualidad.

Lo de esta semana ha sido solo un primer aviso: desde el momento en que se consume el “abstencionazo” y el PSOE quede a los pies de los caballos frente a Unidos Podemos, todas las divisiones del régimen tienen orden de atacar, desde todos los flancos posibles y con todo el tipo de armamento y todo el arsenal necesario, contra Pablo Iglesias y los suyos. No habrá un solo día de tregua contra quien ose oponerse a los planes “restauradores” que con tanto esmero se vienen diseñando desde el “alto mando” mediático-económico del régimen.

Ellos tienen tres partidos políticos que en total suman más de 15 millones de votos, el global de las cadenas de televisión de ámbito estatal y el 85% de las autonómicas, las cuatro principales cabeceras de la prensa escrita y el 90% de los diarios más leídos en internet a su disposición. Además de, huelga decirlo, dinero, mucho dinero; cantidad inversamente proporcional a sus escrúpulos. El más poderoso de los ejércitos en la actualidad. Respaldados, para más inri, por un gobierno que pondrá, como ha venido haciendo durante estos últimos dos años, todos los recursos policiales y de inteligencia que sean necesarios para derrotar al enemigo y lograr, al fin, que las aguas del régimen vuelvan a su cauce. ¿Y qué tiene Unidos Podemos para defenderse? 67 diputados, 5 millones de votantes y poco más. Poca cosa, de momento, frente a todas las armas y recursos del “oponente”. De “empate” nada.
Y sin embargo, pese a todo, es el régimen quien se repliega y se bunkeriza.  Paradojas de la vida. Es tal su nivel de descrédito que la única forma posible que tiene de iniciar una “guerra total” contra sus adversarios es replegándose hacia los espacios institucionales que, tras el acuerdo PP-PSOE-Cs, pueden asegurarse controlar a su antojo: el gobierno y el parlamento. Dos espacios desde donde se puede controlar de arriba a abajo la política institucional y que marcarán el rumbo ejecutivo y legislativo del estado en los próximos años. Pero que, al fin y al cabo, no dejan de ser dos espacios “cerrados” desde los cuales buscar “protección” frente al intento de impugnación y de “cambio” protagonizado por los “partidos del cambio” con representación institucional y las organizaciones de la sociedad civil que llevan años luchando contra las injusticias en forma de leyes y decretos leyes que emanan de ambos espacios.

El régimen se bunkeriza así en ambas instituciones pero, sobre todo, de forma colateral y necesariamente subordinada, se parapeta en ellas a través de la protección que le deben ofrecer los medios de comunicación a su servicio. Eso es lo que hemos visto esta semana, en definitiva, también: un primer episodio de esa lucha entre un régimen bunkerizado  en las instituciones (parapetado a través de sus medios) y una “alternativa popular”, inspirada en el movimiento de impugnación popular que supuso el 15M, que debe saber conjugar con acierto su presencia en las instituciones y un trabajo de “hormiguita” en las “calles” que pueda servir para ir impulsando la construcción de “movimiento” y  “resistencia” popular” junto a organizaciones de la sociedad civil. Frente a su “Gran coalición” nuestra “Gran oposición”; frente a su “Gran restauración” nuestra “Gran alternativa”.
No nos queda otro remedio si queremos poder combatir con toda nuestra fuerza y aprovechando al máximo nuestros “recursos” en esta “guerra asimétrica”, en su fase de “guerra total”, que el régimen ha desatado contra lo que representa esta necesaria alternativa popular llamada Unidos Podemos y sus confluencias. La batalla por las “calles” y por la “construcción” de un “movimiento popular” es lo único que nos puede impulsar frente a la bunkerización del régimen en sus instituciones y frente al parapeto del mismo tras sus grandes medios de comunicación. No solo es una batalla de tipo “organizativo” es también una batalla por el relato. Frente a los ataques que nos van a dirigir desde sus medios, frente a la construcción ad hoc de un relato para justificar el “abstencionazo” del PSOE y todas las tropelías contra el pueblo que emanarán de él, solo con el impulso masivo de una “Gran Oposición”, con un pie en el parlamento y otro en las “calles”, tendremos alguna capacidad de competir con verdaderas aspiraciones de ganar.  Que frente al discurso que impondrán desde arriba haya respuesta directa, por vía de los hechos, de lo que representa la alternativa de los de abajo. Sin ese “contra-discurso”, impulsado por la lucha como una “lucha contra el CIE, cien luchas contra el CIE, mil luchas contra el CIE”, no nos será posible hacer frente a la “guerra total” que el régimen ha desatado contra nosotros y nosotras.

En el 15-M fue la propia gente la que se echó a las calles y a las plazas a decir “aquí estamos: nosotros somos la oposición, nosotros somos la alternativa”. Una gente que salió por sí sola a las calles a responder cara a cara a los ataques que venían recibiendo por parte del gobierno del PSOE de aquel momento y que culminaron, con el apoyo necesario del PP, en la “constitucionalización” del austericidio vía reforma del artículo 135. Fue la propia gente la que, frente a ello y a la situación socio-económica que la crisis estaba generando, salió a las calles por sus propias convicciones, tocó arrebato y se convirtió en alternativa a lo “viejo”, abriendo una crisis de régimen, todavía no cerrada y que venimos a definir como una “ventana de oportunidad”, que ya no solo era “teórica” y “estructural”, sino que tenía su manifestación visible en las calles y que daba luz a una alternativa de ruptura e impugnación de lo “dado”. Ese debe ser el espíritu que debemos conservar ahora, con el añadido de que, además, existen más de 70 parlamentarios dispuestos a acompañar ese proceso y darle voz desde el Congreso.

Lo que estamos viviendo ahora no es más que la continuidad de aquel acuerdo del 135 entre PSOE y PP para seguir profundizando en la vía de la austeridad y llevar a cabo, sin oponentes capaces de frenarlo vía parlamento, las reformas exigidas desde Bruselas. El “Abstencionazo” de hoy no más que un “Pacto del 135” segunda parte, y, por tanto, la respuesta de hoy no puede ser sustancialmente diferente a la respuesta de entonces. De aquella respuesta nació PODEMOS y de esta debe nacer un PODEMOS capaz de ser gobierno.

Consumado el “abstencionazo” empieza, pues, la batalla decisiva: la batalla por la supervivencia de la esperanza de un “cambio” frente al intento de restauración que el acuerdo PSOE-PP-Cs acaba de imponer encima de la mesa como línea política de régimen para los próximos años. Si conseguimos resistir en el Parlamento y en las calles y vencer así  la batalla por el relato tanto desde un espacio como del otro, “hay partido”. Si, por el contrario, es la bunkerización del régimen la que logra imponer su maquinaria gubernamental, legislativa y mediática, sin verdadera oposición más allá de la aprobación de algunas PNL sin recorrido, y son los grandes medios los que imponen su propio relato de lo que “está pasando” a las mayorías sociales, estamos muertos. 

9.10.16

Ganar un país para su gente o heredarlo

Luis Juberías

En la inauguración de la  Universidad de verano de Podemos, Íñigo Errejón expuso varias ideas  que vienen circulando últimamente en el debate posterior al 26J sobre los retos políticos de futuro. Habló de la necesidad de un partido dirigente que se prepare para gobernar con los mejores, capaz de no dar miedo a la vecina - a las clases medias que tienen algo más que perder que sus cadenas- ante una incipiente normalidad política e institucional. Todo esto podría resumirse en una idea: vamos a heredar este país y tenemos que prepararnos para ese momento.

Huelga decir que los últimos acontecimientos, con un PSOE abierto en canal, una voluntad de autodeterminación en Catalunya que se renueva periódicamente mediante movilizaciones masivas y actos institucionales de desafío, y un PP podrido de corrupción que se enfrenta al juicio Gürtel, no dibujan precisamente un horizonte de estabilidad. Más bien, evidencian la profundidad de la crisis de régimen, que es de calado y que no se va a resolver con apaños superficiales. Y la levadura de este proceso destituyente, la crisis económica, lejos de haberse acabado, prepara su tercer asalto de recortes  a partir del nuevo ciclo de ajustes ordenados por Bruselas. Con ello, la subsecuente situación de emergencia social  seguirá  in crescendo. Es importante una comprensión cabal de lo que esto significa. Y es que jugar entre las ruinas comporta el riesgo de que se te acaben desplomando encima. Y eso es lo que, al fin y al cabo, hemos estado haciendo durante este año  2016, desde que irrumpimos en las instituciones.

Dirección moral y hegemonía

Incidía  Errejón en que ejercemos ya la dirección moral y cultural de este país, y que es por eso, por lo que lo heredaremos. Es cierto que la única sustancia moral en la política de esta país la aportamos desde el mundo del nuevo municipalismo, de PODEMOS y las confluencias. De hecho, es la sustancia moral que aportamos con nuestra participación la que ha insuflado nueva vida a unos circuitos mediáticos e institucionales completamente desacreditados tras la irrupción del 15M. Se da así la paradoja de que las fuerzas impugnatorias del viejo régimen  son las que contribuyen a su regeneración. Los viejos partidos se vieron obligados a acelerar relevos generacionales, cambio de estilos y de formas de funcionamiento ante el empuje de Podemos. Incluso tuvieron que improvisar un “Podemos de derechas” para intentar cerrarnos el paso. Pero, a la postre, solo la bunkerización del régimen parece capaz de garantizar la gobernabilidad y la exclusión de Podemos, a riesgo de convertirnos en el único referente de oposición.

En las instituciones por fin tienen “voz” los que antes solo tenían la vía de la “salida”, de la protesta. No es poco lo conseguido en esta loca carrera por acceder a las instituciones dando a la corriente de fondo del 15M una expresión política, pero no son menos los peligros ni los correlativos debates que suscita. Es, a mi modo de ver,  imprescindible no olvidar nunca que esta sustancia moral está hecha de la dignidad de los de abajo frente a unas élites que secuestran la democracia y nos niegan los derechos sobre los que se cimentaba el pacto que  de convivencia. No es, por cierto, la solidaridad con los de abajo de una joven intelligentsia de clase media  preparada y amable, como señala Villacañas. No es la meritocracia de los mejores frente a la mediocridad de las élites, ni el impulso de los jóvenes frente a la decrepitud de los viejos lo que configura el centro de esa sustancia moral. Es por ello, por lo que el régimen es incapaz de asimilarnos, pues no cuestionamos solamente sus formas, sino su propia esencia.

Cualquier proyecto político que aspire a ser hegemónico debe construirse sobre la transversalidad social, lo que no quiere decir que esa transversalidad niegue las diferencias de los grupos sociales que atraviesa. Una propuesta hegemónica es la que presenta con éxito el proyecto y los intereses de un grupo social como los intereses generales de todo el pueblo a través de un ejercicio de articulación. La cuestión siempre es, por tanto, qué grupos sociales nuclean -y pueden nuclear- la transversalidad y la construcción de pueblo.  Ese es, a fin de cuentas,  el debate que tenemos encima de la mesa.

Ganar un país para su gente

El periodo 2010-2013 fue un periodo en que fue evidente y espontánea una polarización social entre una élites que optaban por gestionar la crisis en favor de la oligarquía financiera y una mayoría que veía cómo las instituciones eran secuestradas por una minoría que minaba las bases del pacto de convivencia y de las reglas democráticas. El 15M fue su manifestación más espectacular y Podemos fue capaz de darle salida política expresando esa polarización mediante la dicotomía gente/casta. Que queríamos ganar el país para la gente, solíamos decir.

Mientras, el ecosistema social de esa unidad por oposición frente a las élites había variado. Los recortes cesaron, el tapón generacional saltó, las incertidumbres financieras en torno al sistema bancario y la moneda amainaron, la crisis pareció tocar fondo y la coyuntura económica varió temporalmente. Una nueva normalidad se dibujó para todos: la normalidad de la precariedad en la vida, en el empleo y los servicios públicos para unos, y la de la estabilización para otros. La oposición gente-élites quedó matizada por las diferentes normalidades para salvados y hundidos durante la crisis.  La clase media -caracterizada por su inclusión en el régimen mediante un conjunto de beneficios y expectativas- ya no estaba en modo pánico y, si bien mermada, se recomponía, volviendo a dar cierta apariencia de estabilidad al régimen. El ciclo electoral giró en buena medida en torno a la disputa política por ese segmento nada despreciable numéricamente y central cultural y políticamente, alimentando una fantasía de normalización social y política, mientras los problemas de base de la crisis de régimen seguían irresueltos.

Y es que la realidad cotidiana para la mayoría sigue siendo de precariedad en lo material y desafección en lo político. Ese espacio de ruptura en lo social que está en la base de Podemos sigue existiendo y siendo central en nuestra sociedad. Y exige una práctica  política de impugnación y de empoderamiento popular y ciudadano en defensa de la democracia y los derechos humanos que siga confrontando con un régimen que, en un entorno de crisis multidimensional del capitalismo financiero y sometido a la política austeritaria de gestión de la UE, se va a ver abocado a seguir socavando sus propias bases. Eso fue lo que animó todo este proyecto político, lo que le da la fuerza moral que atesora y la perspectiva de futuro que puede ofrecer. Solíamos resumir esta idea en la aspiración de ganar “un País para su gente”, un proyecto que solo puede avanzar desde abajo y desde afuera,  y que no es lo mismo que prepararse para heredarlo, jugando entre las ruinas.

Publicado en Público el 9/11/2016: