28.12.17

Catalunya tras las elecciones del 21D: populismos y ruptura pendiente

Catalunya se despertó el 22 de diciembre con una sensación extraña. Por primera vez, CDC no ganaba unas elecciones autonómicas. Si bien es cierto que el PSC había logrado en una ocasión superar en número de votos a CDC, jamás lo había hecho en número de escaños. Ciudadanos ha sido el primer partido que ha logrado ganar en escaños y votos a CDC y sus distintas marcas (Junts pel Sí y Junts per Catalunya).
Que el espacio de Convergencia no logre una victoria electoral es sumamente importante para el análisis de la hegemonía en Catalunya: CDC ya no puede representar al universal, por mucho que continúe siendo la fuerza dirigente.
Las elecciones catalanas arrojan un repunte del populismo. La tesis de la estabilización no ha funcionado en Catalunya: el partido que más claramente apostó por el orden, por la reconciliación y por pasar página del procés retornando a un punto anterior fue el PSC. Un PSC que ya cayó a su mínimo histórico en 2015 no logró repuntar ni aglutinar un supuesto “miedo” de las clases populares, ni tampoco logró seducir al votante catalanista moderado.
La operación Iceta se ha estrellado, con Espadaler y lo que queda de Unió incluidos: no había espacio para volver al punto anterior al movimiento soberanista y al movimiento del 15M. La sociedad ha cambiado y mira a otro futuro. La gente no quería Régimen, quería ruptura.
Por otro lado, el intento de ERC de convertirse en el nuevo partido hegemónico dentro del catalanismo y del independentismo también ha fracasado. ERC llegaba a estas elecciones renunciando también a las pulsiones constituyentes del movimiento soberanista, renegando del papel de Puigdemont para apostar por una vuelta al orden dentro del independentismo. 
Un ”orden” articulado en torno a ejes convencionales y tradicionales: sin DUI, sin épica, sin garantía de ruptura. Un orden que esperaba que llegase de forma natural, por derecho propio tras cinco años de processisme
El electorado independentista ha considerado que lo que tocaba era aguantarle el pulso al Estado, como proponía Puigdemont, antes de plantear rebajar planteamientos, zanjando así  de paso la larga  disputa por la hegemonía en el bloque independentista.
¿Qué ha pasado entonces en Catalunya?
Estas elecciones se han producido en un contexto de enorme excepcionalidad. Y los actores políticos han enfocado la contienda electoral invirtiendo los roles tradicionales, el independentismo hizo una campaña en clave estatal (contra Rajoy y el Estado Español) mientras que Ciudadanos y el PSC han hecho una campaña en clave estrictamente catalana. 
Inversión de roles que responde a dos movimientos impugnatorios en dos escalas diferentes: el independentismo impugna al régimen del 78, a sus estructuras estatales, a su sistema mediático y a su sistema judicial mientras que Ciudadanos impugna a TV3, Catalunya Ràdio y a las elites catalanas que controlan los principales canales y redes de poder, que no dejan de ser la articulación concreta del régimen del 78 en Catalunya. 
Puigdemont ha leído perfectamente las coordenadas del populismo, no fue casualidad que copiara la estética de En Comú Podem para su candidatura. Su performance en Bruselas fue el acto más potente de la campaña y su estilo irreverente contra las principales instituciones del Régimen forjó el atractivo de Junts per Catalunya.
 Puigdemont pidió la restitución del govern legítim contra el abuso del poder judicial y del poder ejecutivo del gobierno central. Pese a la política del miedo, pese a la fuga de empresas y pese al intento de humillación, Puigdemont se hizo fuerte desde la épica de la dignidad de un pueblo que desobedeció masivamente celebrando el referéndum del 1 de Octubre y  no se rinde ante la ofensiva del Estado.
Por su lado, Ciudadanos ha cabalgado sobre la apelación a  los olvidados de Catalunya. Los barrios populares y el cinturón metropolitano han sido los grandes excluidos del proceso independentista. Los catalanes de segunda, los catalanes que no entraban en los planes de ningún gobierno, los catalanes a los que se les quería negar su condición de catalán por su condición plebeya. Ciudadanos no prometía orden ni imperio de la ley: Ciudadanos prometía dignidad y existencia contra las elites catalanas. 
Dignidad y existencia de aquellos a los que jamás se escucha, de aquellos en los que jamás se cuenta. La gente que se opuso a la DUI del 48%, la gente que ha sentido y se ha visto apartada del bienestar de la clase media catalana, especialmente tras las políticas de recortes y privatizaciones que se sucedieron tras la crisis y del fin de toda promesa de prosperidad y ascenso social que estaba en la base de noción inclusiva de catalanidad.
La gente que ha votado a Ciudadanos no lo ha hecho en una clave Catalunya contra España, lo ha hecho en una clave de reafirmación nacional catalana: es posible en Catalunya ser catalán y ser español sin que eso genere un conflicto interno. 
Si el PP se ha hundido en estas elecciones es porque no ha entendido este punto: no se votaba por España, los catalanes que han sido excluidos no quieren balcanizar Catalunya, no se sienten “únicamente españoles” y defienden a España dentro de Catalunya. Los catalanes que han sido excluidos de la construcción nacional de convergencia reivindican su condición de catalanidad frente a los que les quieren expulsar. 
Ciudadanos y su carácter plebeyo ha ganado en el cinturón metropolitano por ser la única alternativa que ha habido al procés, al senyoret català y al establishment tradicional. Puigdemont ha ganado y casi atrapa a Ciudadanos por haber propuesto impugnación y ruptura con el Régimen del 78, con el establishment español. Sin un solo amago de pacto o negociación con el Estado central: pura impugnación.
Dos impugnaciones, pues, y ninguna humillación tras las elecciones del 21D. No es un saldo negativo desde el que plantear el futuro y construir un proyecto político de país, una cuestión que no ha sido central en estas elecciones. 
¿Qué papel entonces para las fuerzas que apostamos desde un inicio por la hipótesis populista?
El eje izquierda-derecha hace tiempo que saltó por los aires. Pero en Catalunya esa implosión se ha producido en una magnitud mucho más importante. El eje izquierda-derecha ha sido enterrado para muchos años. Volver a reivindicar la izquierda contra la derecha no funcionará en Catalunya: hay que hacer una apuesta decidida por una reconstrucción nacional-popular que recoja lo mejor de lo que expresa Ciudadanos y lo mejor de lo que ha intentado representar Puigdemont. Frente a los dos populismos de derechas, los populismos que a la postre garantizan la gobernabilidad de la crisis, hay que oponer un populismo de izquierdas. 
Ante este escenario, el reto político que se presenta es el de tener la capacidad de construir un proyecto que parta de las clases populares catalanas que se han sentido y han sido excluidas del procés: un proyecto claro de impugnación a las elites y los circuitos de poder catalanes. Pero, también, un proyecto capaz de recoger en positivo la pulsión democrática y constituyente del movimiento soberanista, superando el callejón sin salida en que nos encontramos y la dinámica de bloques para volver a situar a Catalunya como motor de la pendiente ruptura democrática con el régimen del 78 que concrete un escenario constituyente en clave de apertura democrática.
El riesgo de no afrontar con valentía la nueva etapa que se abre es que los populismos de ambos lados vayan caminando hacia el cierre identitario que termine por compartimentar los espacios- con un eventual proceso de lepenización de la clases trabajadoras metropolitanas-, ulsterizando y esterilizando por mucho tiempo la política catalana y  el proceso de cambio político en España.

9.12.16

Ni ganador, ni perdedor: un Podemos para ganar

LAURA ARROYO, PEDRO ANTONIO HONRUBIA HURTADO, LUIS JUBERÍAS y BETO VÁZQUEZ


El ciclo político-electoral 2014-2016 ha concluido. El balance para las fuerzas del cambio es positivo. Después de las elecciones europeas, municipales, autonómicas y generales (con repetición y vodevil tragicómico incluido), aunque no se haya alcanzado el principal objetivo (gobernar el Estado), no es poca cosa: 71 diputados, importante presencia en todos los parlamentos autonómicos y los principales municipios del Estado gobernados por las fuerzas del cambio. La irrupción de Podemos ha removido y cambiado la política del Estado español. El fin del bipartidismo ha supuesto un terremoto en la base del régimen, que se ha visto forzado ha apuntalarse mediante lo que hemos denominado como turnismo por abstención.



La cacareada revitalización del debate político e institucional, mediante el pseudo juego que permitiría una geometría variable en el Congreso, es una farsa que trata, sin éxito, de esconder el acuerdo estratégico de la Triple Alianza, que sirve de apoyo al Gobierno y amaga con sus propuestas de reforma constitucional cosmética. Unidos Podemos no sólo no va a plegarse a ese lavado de cara, sino que puede exigir legalmente un referéndum que desenmascare esta impostura. El escenario es claro, Podemos y las alianzas sociales y políticas que articula son motor de cambio, única oposición y principal alternativa al régimen del 78 y sus partidos. Son los únicos capaces de plantear un nuevo orden y de desarrollar un proyecto capaz de llevar a cabo ese cambio histórico que la sociedad reclama. Ese es el verdadero y crucial debate que protagonizará Vistalegre II.

Nos encontramos, pues, ante una oportunidad histórica para densificar la organización popular y construir una cultura política de y para beneficio de las grandes mayorías, garantizando espacios, no ya de acción social y política, sino espacios de producción y reproducción de los valores e ideas que informan y nos identifican el proyecto de Estado y de sociedad que queremos construir entre todos y todas. Esta es la única manera, junto a la colaboración con el movimiento popular y la promoción del protagonismo de la gente en la defensa y autotutela de derechos, de ganar a medio plazo, rompiendo el cordón sanitario cada vez más descarado que nos imponen las fuerzas del régimen tanto en las instituciones como en los medios de comunicación.



No eludimos el debate: es imprescindible jugar a fondo con las posiciones conquistadas en los medios y en las instituciones, y nadie en su sano juicio puede ser contrario a ello (nadie, de hecho, lo es), pero hay que ser conscientes de las limitaciones que nos imponen estos espacios una vez pasado el efecto sorpresa y diluido el impulso de la movilización social -todavía caliente al iniciarse el ciclo electoral-, siendo necesario prepararse para un nuevo ciclo político, ahora más largo, de ofensiva plebeya. Una ofensiva que pasa necesariamente por una visión de la política que se exprese desde la perspectiva populista del “nosotros vs ellos”, “pueblo vs casta”, “democracia vs oligarquía”, que deje claro a la ciudadanía que existen dos bloques políticos nítidamente diferenciados: “La Triple Alianza”, embarcada en su proyecto de “estabilidad restauradora” como intento de dar un cierre por arriba a la crisis de régimen existente, por un lado, y “Las fuerzas del cambio”, de las cuales Unidos Podemos sería su principal referente en lo electoral, por el otro, que no se conforman con un cierre gatopardiano de tal crisis de régimen y que pretende devolver al pueblo todo aquello que las élites y sus partidos asociados le han robado previamente.



La otra aproximación posible ante el escenario presente en el que estamos insertos, y que asume una paulatina normalización de la situación de excepcionalidad que hemos vivido desde 2010, es la de la acomodación u homologación a lo “dado”: conquistados ya unos espacios institucionales determinados, se trataría de gestionarlos y repartirse los papeles, los lugares de influencia y los recursos, para hacer un buen trabajo con ellos, intentar explotar las contradicciones de los adversarios haciendo parlamentarismo fino y mostrando una buena práctica de gestión allá donde se gobierna, a la espera de convencer a los que faltan de que Podemos es el proyecto político respetable y de prestigio con el que todo va a ir a mejor que con los antiguos políticos, pero sin traumas. “Un Podemos respetado hasta por sus adversarios”. El problema de esta “tesis de la homologación” es el riesgo asociado a ella de dejar huérfano de referente político al espacio de ruptura, que se asume que va a desinflarse ante una eventual normalidad, contribuyendo a fomentar la ilusión de que hay una salida política en el régimen del 78 y socioeconómica en el compromiso con la oligarquía. Por tanto, contribuye a recrear su base social, al tiempo que renuncia a la aspiración a una democracia protagónica que desborde los marcos institucionales y en la cual la gente juegue un papel central. De otra parte, resulta que si la sociedad percibe que se pasa a ser “más de lo mismo”, “otro partido más”, “uno más de ellos”, se corre el riesgo de que cualquier nueva ola popular impugnatoria arrastre a un proyecto de estas características hacia el mismo espacio caduco y en descomposición en el que ya se encuentran “ellos”. 



Esos dos proyectos estratégicos diferenciados tienen a su vez implicaciones sobre el sujeto social en que se apoya y que, a su vez, articula políticamente Podemos; dos visiones o caracterizaciones del “pueblo” o lo “popular”. Mientras una apela a la construcción de una identidad y una práctica popular nueva desde afuera y desde abajo que integre y enraíce, pero que trascienda las referencias previas, la otra apela a una disputa de sentido desde dentro y desde el centro, que refuerza una posición de clase media, en tanto que noción ideológica vinculada a la confianza en lo existente y los beneficios y expectativas que promete deparar. La una apela a la construcción de un “orgullo de lo popular” que se vincule a la cotidianidad vivida (y sus condiciones materiales), y no sólo a las expectativas frustradas desde la creencia en que se puede volver a una situación previa a la crisis; la otra apela a las certezas y seguridades de una clase media en descomposición que estaría dispuesta a abrazar cualquier solución con tal de que les garanticen “no ir a peor”. Un sentido común y una perspectiva que no pueden sino reforzar a nuestros adversarios, partidos que llevan décadas pensándose exactamente desde esas claves sociopolíticas, alejándonos así de la victoria popular.

Debatir con seriedad para ganar

Confrontar y debatir ideas y proyectos son elementos constitutivos de nuestra comprensión de lo político, habida cuenta de las variadas y diferentes visiones estratégicas que, bajo un mismo paraguas común (ser alternativa política), conviven en el interior de nuestra organización. No obstante, para que el debate sea efectivo, sano, productivo y respetuoso, debemos evitar que los verdaderos debates estratégicos sean sustituidos por falsos debates que no existen en la práctica y que simplemente sirven para caricaturizar los debates reales que sí están sobre la mesa. Nadie en Podemos quiere abandonar su espíritu “original” popular y transversal, nadie quiere renunciar a ser herederos de las enseñanzas que el 15-M puso sobre la mesa en la política estatal, nadie quiere una organización que renuncie a ser la voz de una nueva voluntad popular más democrática y participativa, y, por supuesto, huelga decirlo, nadie quiere un Podemos que renuncie a ganar. Podremos estar en desacuerdo en las formas, la estrategias, las tácticas y los programas que necesitamos para alcanzar ese objetivo compartido por todos y todas (la victoria), podremos tener visiones distintas a la hora de valorar lo hecho hasta ahora y lo que debemos hacer en el futuro, podremos incluso emocionarnos con autores distintos y canciones diferentes, podremos tener diferentes ideas sobre cómo nos tenemos que organizar o quiénes son las personas más aptas para formar parte de las diferentes direcciones orgánicas del partido, y sobre eso es sobre lo que tendremos que discutir en Vistalegre II, pero en lo esencial, en todos esos planteamientos citados que dan sentido al origen y existencia de Podemos, no discrepamos. 


Por eso mismo resulta molesta la propagación de toda una serie de argumentos, muy difundida mediáticamente, que compañeros y compañeras utilizan reiterativa y sistemáticamente minando la posibilidad de un debate sincero y honesto como el que necesitamos para plantear con seriedad un debate plural y respetuoso, orientado más hacia el afuera que hacia el adentro y pensado, claro, para avanzar hacia la victoria. Nos referimos a esas apelaciones simplificadoras a un Podemos “ganador, joven y que entiende el 15-M”, frente a un Podemos “perdedor, viejuno y que quisiera repetir fórmulas gastadas de una izquierda trasnochada”. ¿Quién, claro, no prefiere ser fresco, amable y vencedor a oler a moho, ser duro y derrotista? Pero más allá del manido marketing político en su versión mercadotecnia pirotécnica 2.0, que asocia todos los conceptos positivos que se puedan pensar con lo propio y lo negativo con lo ajeno, sabemos que ese tipo de simplificación no aguantaría un debate serio y que se descalifica por sí misma. La propia noción de ganador/perdedor emana de la ética calvinista de la predestinación (de la cual también provienen otras perniciosas categorías como el excepcionalismo americano y el destino manifiesto). Es claramente una ética elitista y antisolidaria. En España, el Opus promueve una adaptación similar de la ética católica... y es obvio que la cultura estadounidense ha llegado con fuerza, pero por suerte no es parte de nuestra tradición cultural. Y deberíamos estar prevenidos ante ella. Una cosa es ganar y otra “ser” un ganador.



Efectivamente, como dijimos desde el primer día, no nacimos para ser una fuerza testimonial, nacimos para ocupar la centralidad del tablero, nacimos para ganar. Sí, lo que discutimos es cómo construir y orientar un Podemos para ganar. Por ello mismo, porque no se nos ocurre un debate más serio que ese, pedimos que se aborde con la seriedad que merece el caso. Dejemos a un lado los falsos debates y las caricaturas ofensivas hacia el compañero/a de partido. Evitemos el maniqueísmo interno y el comodín fácil de la prensa. Debatamos de lo que haga falta y seamos todo los pasionales que sea necesario en la defensa de nuestros diferentes planteamientos y orientaciones para el futuro de Podemos, pero hagámoslo desde la visión táctica, estratégica y organizativa argumentada y seria, no desde la caricatura del “otro”, desde la falacia del “hombre de paja”.



Ganar un futuro de derechos y democracia para los pueblos y la gente de este Estado es lo único que nos debe preocupar. De qué forma, con qué métodos organizativos y con qué estrategia se puede lograr eso es de lo que debemos discutir. Ganar al régimen y recuperar las instituciones para la ciudadanía. Ganar para que la mayoría tenga más peso en las decisiones que afectan a su futuro que una minoría que, transitando entre la política, la banca y la gran empresa, insiste en apropiarse y poner a las instituciones al servicio únicamente de sus mezquinos intereses de superprivilegiados. Ese debe ser el centro de los debates. Teniendo en cuenta, por supuesto, que para ello necesitamos un proyecto en el que quepa toda la diversidad que en él se referencia, pero con el que todos estemos comprometidos. Hace falta una discusión de ideas y de política a fondo, pero también un compromiso con el resultado de la discusión y una dirección que se responsabilice de conducirnos por esa senda. De cara a Vista Alegre II nos toca a todos y todas ejercitar la autocrítica por los eventuales excesos en las prácticas organizativas derivadas de la apuesta por la “máquina de guerra electoral”. Pero no se trata de vestales y profanos. Eso sería trapichear en lo político y reproducir viejas fórmulas propias de las experiencias pasadas de otras organizaciones, consistentes en federar a familias y corrientes políticas, o bien articularse en torno a acuerdos de notables, que ponen por delante el reparto de posiciones y la disputa por conquistar espacios internos antes que el proyecto colectivo y el debate de ideas en sí mismo; experiencias que demostraron ser incapaces de hacer participar a las mayorías y, por supuesto, de plantearse siquiera ganar.

28.11.16

¿Ser oposición al régimen o ser oposición sólo al PP? El dilema REAL de Unidos Podemos

Luis Juberías, Beto Vázquez, Pedro Antonio Honrubia Hurtado y Laura Arroyo. Analistas políticos y militantes de Podemos
En Unidos Podemos hay dos elementos ideológicos y estratégicos que son compartidos por el global de las personas que participan activamente en tal espacio político: que somos la única alternativa de gobierno viable y real al bipartidismo tradicional y que, por su naturaleza ideológica, el PP es nuestro principal adversario político. A partir de ahí, estas variables compartidas se pueden expresar principalmente de dos maneras posibles en el día a día de nuestra actividad política e institucional: O bajo la fórmula populista “nosotros contra ellos” (pueblo vs casta) o bajo la fórmula de oposición institucional “Todos contra el PP”.
Dos posibles estrategias vs muchos falsos debates
La primera de ellas supone que asumimos nuestro papel de alternativa no solo frente a un gobierno concreto, sino frente a todo un modelo político identificado con el régimen del 78 y sus partidos asociados. La segunda, por su parte, implica asumir nuestro papel como oposición de gobierno frente a un enemigo único y central que sería el Partido Popular y su actual gobierno del Estado. Una de ellas, pues, se mueve de lleno en el eje “arriba-abajo” que sirvió a Podemos para desarrollarse y crecer, mientras la otra oscila entre los ejes “cambio-continuidad” y,  guste o no a sus defensores, el eje “izquierda-derecha” (en tanto que necesariamente te fuerza a tomar al PSOE como “aliado” en el marco parlamentario). No podemos negar que actualmente existe una tensión entre ambas estrategias, una tensión que condiciona el día a día de la política estatal tanto hacia dentro como hacia fuera de Podemos.
Una tensión que posteriormente, desde el interior del propio partido y al amparo de los marcos que van imponiendo los grandes medios de comunicación en su estrategia mediática, tiene su traducción en falsos debates teóricos que, en principio, tejen una serie de divergencias entre “moderados” y “radicales” o “partidarios de la calle” y “partidarios de las instituciones”, al interior de nuestra formación. Supuestos debates que se expresarían como canalizadores de las discusiones estratégicas dentro del partido de cara al próximo Vistalegre pero que, en la práctica, atendiendo a la diferentes posiciones internas, no existen.No, al menos, más allá de la retórica abstracta, vía innumerables artículos que sirven para catapultar estas falsas discrepancias en los medios que los desean perpetuar. Y decimos que no existen como verdaderos debates porque, a nuestro entender, en realidad de lo que se está debatiendo, de facto, aunque no se verbalice así, es de lo dicho: o apostar por una confrontación abierta y directa contra laTriple Alianza (y su intento restaurador), que tome como campo de acción todos los frentes posibles (calle e instituciones) o apostar por una oposición al gobierno del PP que tome al PSOE como aliado necesario para nuestra labor, priorizando la actividad parlamentaria conjunta con el PSOE frente a otras actividades.
Con la primera estrategia se estaría siguiendo la estela de lo que Podemos ha sido desde su inicio y que despertó la ilusión por un cambio real en millones de personas, que pasaba no solo por echar al PP del gobierno, sino además, por proponer una transformación de amplio alcance que permitiera pensar en un cambio rupturista del sistema político e institucional español. En palabras de Pablo Iglesias: la constitución de un nuevo orden. Una estrategia en la que tanto PSOE  (tras su “abstencionazo”), como PP, como Cs, formaría parte de un mismo “bloque restaurador” a combatir: el viejo orden moribundo. La segunda estrategia, centrada principalmente en resaltar nuestra capacidad para influir en el espacio institucional y ejercer una oposición permanente contra el PP desde el parlamento, puede servir, en cambio, para limpiar la cara a PSOE y Cs al desvincularlos, de facto, de su corresponsabilidad -si acaso complicidad- en la actual labor de gobierno del PP (permitiendo así que ambos partidos puedan aspirar a rentabilizar el desgaste que este gobierno pueda sufrir en lo sucesivo como consecuencia de su labor). Por otro lado, puede servir también para “victimizar” al PP como enemigo único de todos los demás (y le pone en bandeja campañas como la de la semana pasada, construidas sobre el relato “hay una cacería contra nosotros”). Pero, sobre todo, contribuye a romper una dinámica clara de bloques “ellos-nosotros”, “los de abajo” vs “los de arriba”, que permita construir, en el imaginario colectivo y en la praxis diaria de nuestro hacer político, a la vez alternativa al gobierno y alternativa al oxidado régimen del 78. Una estrategia que pudo haber tenido un sentido mientras el PSOE no lograba resolver su paradoja interna, pero que dejó de tener sentido en el momento en el que PSOE se hizo cómplice del PP.
¿Gobierno débil o régimen débil? Cuidado con alimentar al tiburón
Pareciera, no obstante, que hay una parte de Unidos Podemos que todavía no ha logrado asumir lo que, en la práctica, ha supuesto ese movimiento del PSOE hacia su espacio tradicional de régimen y su apoyo, vía abstención, de un nuevo gobierno del PP: un intento por regenerar el régimen desde adentro teniendo como objetivo principal aislar a Unidos Podemos de las dinámicas “responsables” de la política españolaUn intento por imponer una especie de “turnismo por abstención” en el cual PSOE, PP y Cs intercambien posiciones para, en última instancia, encontrar siempre la manera de cerrar el paso de Unidos Podemos hacia el gobierno. Ello mueve a esta parte del partido a, por ejemplo, hablar reiteradamente de la supuesta existencia de un “gobierno débil” en referencia al actual gobierno del PP.  Algo que a nuestro entender es un error de bulto. Un error al estilo de aquel de llamar “desempate” a la situación pre 26J (cuando, en la práctica, jamás hubo “empate” alguno). Se trata de una mirada analítica de corto alcance que, en última instancia, juega en contra de los intereses de Podemos y lo que representa como fuerza de ruptura, pues rompe la dinámica de bloques “ellos-nosotros” y muestra a un PP desconectado del “bloque de régimen” que lo sustenta, minusvalora su capacidad para imponer sus criterios por diferentes vías legales e impedir de facto una verdadera oposición parlamentaria continuada. Finalmente, da aire al  PSOE y Cs al tratarlos como si fueran agentes distintos de la labor actual del gobierno del PP.
De hecho, si nosotros fuésemos asesores de Susana Díaz (o similar) estaríamos encantados que la línea estratégica de Podemos fuese precisamente esa de hablar de un “gobierno débil” en relación al actual gobierno del PP. Ahí, su discurso de “ni PP ni PODEMOS”, los “tortolitos” (sic), entra con guante de seda. Le abre un espacio ideal para poder aparecer como “partido responsable” y como “partido oposición”, según el momento y el debate del que se trate. Por ejemplo, aplicado a la semana que pasó: dar imagen de “partido de oposición” con el apoyo a la subida del SMI, y de “partido responsable” respecto al minuto parlamentario en honor a Rita Barberá, o respecto del principio de acuerdo para un pacto de reforma educativa alcanzado junto a PP y Cs. Con ello, a medio plazo, una vez eliminada la dinámica de bloques “ellos-nosotros”, “arriba-abajo” y separada la labor del PSOE de la labor del PP, pueden legítimar y fácilmente aspirar a lograr votos tanto del desgaste del gobierno por su labor (oposición), como del mensaje de “orden” que en ciertos momentos parte del electorado, en especial el electorado conservador que pueda ir desencantándose con el gobierno, defenderá (responsabilidad).
Al mismo tiempo pueden desafiar también parte del espacio ya conquistado por UP, apelando al electorado de UP más “crítico” con el supuesto “giro radical” del partido tal y como es fomentado desde los medios. Esto es lo preocupante de verdad, toda vez que parte de ese dañino mensaje se desarrolla desde el propio interior mediante la formulación de los falsos debates antes comentados y la creación narrativa de falsas posiciones internas “perdedoras”.
Y es que aunque creamos que con eso de repetir el mantra de un supuesto “gobierno débil” somos nosotros los que presionamos al PSOE para que tenga que estar “retratándose” continuamente, en realidad es el PSOE el que puede moverse a su antojo oscilando, según el caso, entre ser “responsables” y ser “cambio”, los dos grandes pilares sobre los que los “susanistas” y similares pretende tejer su proyecto de partido y que, a su vez, responden a dos demandas de amplio alcance en el actual momento político del estado español. No se lo pongamos tan fácil. Saquemos del agua al tiburón antes de que nos muerda.
Construir transversalidad sí… pero desde la oposición al régimen
Volvamos pues a ser aquel partido que la gente identificaba por estar enfrente de la “casta”.  Aquel espacio político que se expresaba como oposición no solo a un gobierno del PP, sino a todo un régimen caduco que estaba, y sigue estando, en crisis de complicada salida. Aquel partido que se movía en un discurso “populista” real y rupturista, y no en una especie de populismo light y dietético, que no muerde, en el que últimamente algunos han pretendido encerrarnos.
Porque de la misma manera que no es posible vencer al régimen anclándonos en viejas etiquetas o en un reparto de posiciones que nos vincule a un espacio único “a la izquierda del PSOE” (y esto nadie en Podemos lo pone en duda), tampoco es posible pensar que se puede ser “populista” y “amable”. O somos “populistas” y hacemos política como tales, o somos “amables” (¿con quién?)  y con un planteamiento de ser principalmente agentes políticos “institucionales”. Ambas cosas a la vez son imposibles.
Nosotros, claro, apostamos por un populismo impugnador sin miedo y sin medias tintas, que dé expresión política a la crisis de régimen que sigue existiendo, que ponga voz a las expresiones de protesta y al sufrimiento que la gestión austericida de la crisis ha generado, que ofrezca alternativas capaces de tejer nuevos sentidos y que prioricen el “cuidarnos” como forma central de nuestra puesta en común con la ciudadanía, los movimientos sociales y la sociedad civil, aquello que estaba en la base de la explosión social que se produjo en el ciclo de movilización 2010-2014 y que tuvo en el 15M su referencia más potente.
Apostamos, pues,  por ser oposición al régimen del 78 en su conjunto, azote de quienes han gobernado para unas élites privilegiadas y han abandonado al pueblo y canalizadores, en todo espacio posible, del “orgullo de lo popular”, y no solo mera oposición institucional al PP mano a mano con el PSOE. En definitiva, apostamos por construir nuestra transversalidad desde la “oposición al régimen” y no desde la “oposición al PP”. Para ganar, claro que sí, para ganar.



23.10.16

No habrá paz para los enemigos del régimen: O de la necesidad de “volver a las calles”


L
aura Arroyo, Luis Juberías, Beto Vázquez y Pedro Antonio Honrubia Hurtado

Madrid. Semana II D.G.C. (Después de la gran coalición). Las tropas del régimen, al unísono, desatan una durísima ofensiva contra el Secretario General de PODEMOS y actual líder de la oposición Pablo Iglesias. La excusa: una protesta de estudiantes en contra de Felipe González y Cebrián en la Universidad Autónoma de Madrid y un “motín” en el CIE de Aluche en defensa de los Derechos Humanos de unos…digamos, molestos migrantes (que nada menos han osado luchar por su libertad). El objetivo real: dejar claro a Pablo Iglesias y a Podemos que no tendrán paz un solo día hasta que sean derrotados y su “partido” reducido a cenizas y/o asimilado por el “nuevo orden”, así como que todos los batallones del régimen -mediáticos, políticos, jurídicos y policiales - , se encuentran movilizados para darle caza a su cabeza.

La situación, por supuesto, dista mucho de ser una situación de “empate catastrófico”. Rendido y entregado el PSOE a los intereses del PP, de Felipe González, del IBEX 35 y de Cebrián, con un “hombre de régimen” asturiano provisionalmente  a la cabeza de la organización y una “Comandante/Baronesa” andaluza en la sombra de las operaciones (presta y dispuesta para asumir próximamente su papel como “alternativa” a Rajoy en el nuevo marco del “turnismo por abstención” que el régimen trata de consensuar, por vía de los hechos consumados, como nueva fórmula política para garantizar que nada cambie), ha llegado el momento de aniquilar cualquier posibilidad de alternativa. La situación de “guerra asimétrica”, en la que desde siempre estuvo inmerso PODEMOS frente a los partidarios y representantes del régimen, pasa a una nueva etapa en la que la guerra “preventiva” de ayer (válida mientras duró el ciclo electoral) deja abierto el camino a la “guerra total” de la actualidad.

Lo de esta semana ha sido solo un primer aviso: desde el momento en que se consume el “abstencionazo” y el PSOE quede a los pies de los caballos frente a Unidos Podemos, todas las divisiones del régimen tienen orden de atacar, desde todos los flancos posibles y con todo el tipo de armamento y todo el arsenal necesario, contra Pablo Iglesias y los suyos. No habrá un solo día de tregua contra quien ose oponerse a los planes “restauradores” que con tanto esmero se vienen diseñando desde el “alto mando” mediático-económico del régimen.

Ellos tienen tres partidos políticos que en total suman más de 15 millones de votos, el global de las cadenas de televisión de ámbito estatal y el 85% de las autonómicas, las cuatro principales cabeceras de la prensa escrita y el 90% de los diarios más leídos en internet a su disposición. Además de, huelga decirlo, dinero, mucho dinero; cantidad inversamente proporcional a sus escrúpulos. El más poderoso de los ejércitos en la actualidad. Respaldados, para más inri, por un gobierno que pondrá, como ha venido haciendo durante estos últimos dos años, todos los recursos policiales y de inteligencia que sean necesarios para derrotar al enemigo y lograr, al fin, que las aguas del régimen vuelvan a su cauce. ¿Y qué tiene Unidos Podemos para defenderse? 67 diputados, 5 millones de votantes y poco más. Poca cosa, de momento, frente a todas las armas y recursos del “oponente”. De “empate” nada.
Y sin embargo, pese a todo, es el régimen quien se repliega y se bunkeriza.  Paradojas de la vida. Es tal su nivel de descrédito que la única forma posible que tiene de iniciar una “guerra total” contra sus adversarios es replegándose hacia los espacios institucionales que, tras el acuerdo PP-PSOE-Cs, pueden asegurarse controlar a su antojo: el gobierno y el parlamento. Dos espacios desde donde se puede controlar de arriba a abajo la política institucional y que marcarán el rumbo ejecutivo y legislativo del estado en los próximos años. Pero que, al fin y al cabo, no dejan de ser dos espacios “cerrados” desde los cuales buscar “protección” frente al intento de impugnación y de “cambio” protagonizado por los “partidos del cambio” con representación institucional y las organizaciones de la sociedad civil que llevan años luchando contra las injusticias en forma de leyes y decretos leyes que emanan de ambos espacios.

El régimen se bunkeriza así en ambas instituciones pero, sobre todo, de forma colateral y necesariamente subordinada, se parapeta en ellas a través de la protección que le deben ofrecer los medios de comunicación a su servicio. Eso es lo que hemos visto esta semana, en definitiva, también: un primer episodio de esa lucha entre un régimen bunkerizado  en las instituciones (parapetado a través de sus medios) y una “alternativa popular”, inspirada en el movimiento de impugnación popular que supuso el 15M, que debe saber conjugar con acierto su presencia en las instituciones y un trabajo de “hormiguita” en las “calles” que pueda servir para ir impulsando la construcción de “movimiento” y  “resistencia” popular” junto a organizaciones de la sociedad civil. Frente a su “Gran coalición” nuestra “Gran oposición”; frente a su “Gran restauración” nuestra “Gran alternativa”.
No nos queda otro remedio si queremos poder combatir con toda nuestra fuerza y aprovechando al máximo nuestros “recursos” en esta “guerra asimétrica”, en su fase de “guerra total”, que el régimen ha desatado contra lo que representa esta necesaria alternativa popular llamada Unidos Podemos y sus confluencias. La batalla por las “calles” y por la “construcción” de un “movimiento popular” es lo único que nos puede impulsar frente a la bunkerización del régimen en sus instituciones y frente al parapeto del mismo tras sus grandes medios de comunicación. No solo es una batalla de tipo “organizativo” es también una batalla por el relato. Frente a los ataques que nos van a dirigir desde sus medios, frente a la construcción ad hoc de un relato para justificar el “abstencionazo” del PSOE y todas las tropelías contra el pueblo que emanarán de él, solo con el impulso masivo de una “Gran Oposición”, con un pie en el parlamento y otro en las “calles”, tendremos alguna capacidad de competir con verdaderas aspiraciones de ganar.  Que frente al discurso que impondrán desde arriba haya respuesta directa, por vía de los hechos, de lo que representa la alternativa de los de abajo. Sin ese “contra-discurso”, impulsado por la lucha como una “lucha contra el CIE, cien luchas contra el CIE, mil luchas contra el CIE”, no nos será posible hacer frente a la “guerra total” que el régimen ha desatado contra nosotros y nosotras.

En el 15-M fue la propia gente la que se echó a las calles y a las plazas a decir “aquí estamos: nosotros somos la oposición, nosotros somos la alternativa”. Una gente que salió por sí sola a las calles a responder cara a cara a los ataques que venían recibiendo por parte del gobierno del PSOE de aquel momento y que culminaron, con el apoyo necesario del PP, en la “constitucionalización” del austericidio vía reforma del artículo 135. Fue la propia gente la que, frente a ello y a la situación socio-económica que la crisis estaba generando, salió a las calles por sus propias convicciones, tocó arrebato y se convirtió en alternativa a lo “viejo”, abriendo una crisis de régimen, todavía no cerrada y que venimos a definir como una “ventana de oportunidad”, que ya no solo era “teórica” y “estructural”, sino que tenía su manifestación visible en las calles y que daba luz a una alternativa de ruptura e impugnación de lo “dado”. Ese debe ser el espíritu que debemos conservar ahora, con el añadido de que, además, existen más de 70 parlamentarios dispuestos a acompañar ese proceso y darle voz desde el Congreso.

Lo que estamos viviendo ahora no es más que la continuidad de aquel acuerdo del 135 entre PSOE y PP para seguir profundizando en la vía de la austeridad y llevar a cabo, sin oponentes capaces de frenarlo vía parlamento, las reformas exigidas desde Bruselas. El “Abstencionazo” de hoy no más que un “Pacto del 135” segunda parte, y, por tanto, la respuesta de hoy no puede ser sustancialmente diferente a la respuesta de entonces. De aquella respuesta nació PODEMOS y de esta debe nacer un PODEMOS capaz de ser gobierno.

Consumado el “abstencionazo” empieza, pues, la batalla decisiva: la batalla por la supervivencia de la esperanza de un “cambio” frente al intento de restauración que el acuerdo PSOE-PP-Cs acaba de imponer encima de la mesa como línea política de régimen para los próximos años. Si conseguimos resistir en el Parlamento y en las calles y vencer así  la batalla por el relato tanto desde un espacio como del otro, “hay partido”. Si, por el contrario, es la bunkerización del régimen la que logra imponer su maquinaria gubernamental, legislativa y mediática, sin verdadera oposición más allá de la aprobación de algunas PNL sin recorrido, y son los grandes medios los que imponen su propio relato de lo que “está pasando” a las mayorías sociales, estamos muertos. 

9.10.16

Ganar un país para su gente o heredarlo

Luis Juberías

En la inauguración de la  Universidad de verano de Podemos, Íñigo Errejón expuso varias ideas  que vienen circulando últimamente en el debate posterior al 26J sobre los retos políticos de futuro. Habló de la necesidad de un partido dirigente que se prepare para gobernar con los mejores, capaz de no dar miedo a la vecina - a las clases medias que tienen algo más que perder que sus cadenas- ante una incipiente normalidad política e institucional. Todo esto podría resumirse en una idea: vamos a heredar este país y tenemos que prepararnos para ese momento.

Huelga decir que los últimos acontecimientos, con un PSOE abierto en canal, una voluntad de autodeterminación en Catalunya que se renueva periódicamente mediante movilizaciones masivas y actos institucionales de desafío, y un PP podrido de corrupción que se enfrenta al juicio Gürtel, no dibujan precisamente un horizonte de estabilidad. Más bien, evidencian la profundidad de la crisis de régimen, que es de calado y que no se va a resolver con apaños superficiales. Y la levadura de este proceso destituyente, la crisis económica, lejos de haberse acabado, prepara su tercer asalto de recortes  a partir del nuevo ciclo de ajustes ordenados por Bruselas. Con ello, la subsecuente situación de emergencia social  seguirá  in crescendo. Es importante una comprensión cabal de lo que esto significa. Y es que jugar entre las ruinas comporta el riesgo de que se te acaben desplomando encima. Y eso es lo que, al fin y al cabo, hemos estado haciendo durante este año  2016, desde que irrumpimos en las instituciones.

Dirección moral y hegemonía

Incidía  Errejón en que ejercemos ya la dirección moral y cultural de este país, y que es por eso, por lo que lo heredaremos. Es cierto que la única sustancia moral en la política de esta país la aportamos desde el mundo del nuevo municipalismo, de PODEMOS y las confluencias. De hecho, es la sustancia moral que aportamos con nuestra participación la que ha insuflado nueva vida a unos circuitos mediáticos e institucionales completamente desacreditados tras la irrupción del 15M. Se da así la paradoja de que las fuerzas impugnatorias del viejo régimen  son las que contribuyen a su regeneración. Los viejos partidos se vieron obligados a acelerar relevos generacionales, cambio de estilos y de formas de funcionamiento ante el empuje de Podemos. Incluso tuvieron que improvisar un “Podemos de derechas” para intentar cerrarnos el paso. Pero, a la postre, solo la bunkerización del régimen parece capaz de garantizar la gobernabilidad y la exclusión de Podemos, a riesgo de convertirnos en el único referente de oposición.

En las instituciones por fin tienen “voz” los que antes solo tenían la vía de la “salida”, de la protesta. No es poco lo conseguido en esta loca carrera por acceder a las instituciones dando a la corriente de fondo del 15M una expresión política, pero no son menos los peligros ni los correlativos debates que suscita. Es, a mi modo de ver,  imprescindible no olvidar nunca que esta sustancia moral está hecha de la dignidad de los de abajo frente a unas élites que secuestran la democracia y nos niegan los derechos sobre los que se cimentaba el pacto que  de convivencia. No es, por cierto, la solidaridad con los de abajo de una joven intelligentsia de clase media  preparada y amable, como señala Villacañas. No es la meritocracia de los mejores frente a la mediocridad de las élites, ni el impulso de los jóvenes frente a la decrepitud de los viejos lo que configura el centro de esa sustancia moral. Es por ello, por lo que el régimen es incapaz de asimilarnos, pues no cuestionamos solamente sus formas, sino su propia esencia.

Cualquier proyecto político que aspire a ser hegemónico debe construirse sobre la transversalidad social, lo que no quiere decir que esa transversalidad niegue las diferencias de los grupos sociales que atraviesa. Una propuesta hegemónica es la que presenta con éxito el proyecto y los intereses de un grupo social como los intereses generales de todo el pueblo a través de un ejercicio de articulación. La cuestión siempre es, por tanto, qué grupos sociales nuclean -y pueden nuclear- la transversalidad y la construcción de pueblo.  Ese es, a fin de cuentas,  el debate que tenemos encima de la mesa.

Ganar un país para su gente

El periodo 2010-2013 fue un periodo en que fue evidente y espontánea una polarización social entre una élites que optaban por gestionar la crisis en favor de la oligarquía financiera y una mayoría que veía cómo las instituciones eran secuestradas por una minoría que minaba las bases del pacto de convivencia y de las reglas democráticas. El 15M fue su manifestación más espectacular y Podemos fue capaz de darle salida política expresando esa polarización mediante la dicotomía gente/casta. Que queríamos ganar el país para la gente, solíamos decir.

Mientras, el ecosistema social de esa unidad por oposición frente a las élites había variado. Los recortes cesaron, el tapón generacional saltó, las incertidumbres financieras en torno al sistema bancario y la moneda amainaron, la crisis pareció tocar fondo y la coyuntura económica varió temporalmente. Una nueva normalidad se dibujó para todos: la normalidad de la precariedad en la vida, en el empleo y los servicios públicos para unos, y la de la estabilización para otros. La oposición gente-élites quedó matizada por las diferentes normalidades para salvados y hundidos durante la crisis.  La clase media -caracterizada por su inclusión en el régimen mediante un conjunto de beneficios y expectativas- ya no estaba en modo pánico y, si bien mermada, se recomponía, volviendo a dar cierta apariencia de estabilidad al régimen. El ciclo electoral giró en buena medida en torno a la disputa política por ese segmento nada despreciable numéricamente y central cultural y políticamente, alimentando una fantasía de normalización social y política, mientras los problemas de base de la crisis de régimen seguían irresueltos.

Y es que la realidad cotidiana para la mayoría sigue siendo de precariedad en lo material y desafección en lo político. Ese espacio de ruptura en lo social que está en la base de Podemos sigue existiendo y siendo central en nuestra sociedad. Y exige una práctica  política de impugnación y de empoderamiento popular y ciudadano en defensa de la democracia y los derechos humanos que siga confrontando con un régimen que, en un entorno de crisis multidimensional del capitalismo financiero y sometido a la política austeritaria de gestión de la UE, se va a ver abocado a seguir socavando sus propias bases. Eso fue lo que animó todo este proyecto político, lo que le da la fuerza moral que atesora y la perspectiva de futuro que puede ofrecer. Solíamos resumir esta idea en la aspiración de ganar “un País para su gente”, un proyecto que solo puede avanzar desde abajo y desde afuera,  y que no es lo mismo que prepararse para heredarlo, jugando entre las ruinas.

Publicado en Público el 9/11/2016: